Como ha sucedido y sucede en cada momento de crisis que atraviesa nuestra sociedad, comienzan a salir a la superficie planteos que pretenden poner a la política como la causa de todos los problemas. La antipolítica parece (o pretende) legitimarse en esas situaciones difíciles, dolorosas para gran parte de la población, con discursos que intentan penetrar en su vida cotidiana para que, incluso, se vuelvan en contra de sus intereses y su forma de vida.

Eso que comúnmente denominan “clase política” aparece allí como el sujeto social señalado, juzgado, al que se le exigen, en el mejor de los casos, gestos heroicos, altruistas; en otros, colocado como el culpable de todas las culpas.

Pero ¿existe una “clase política”?, ¿quiénes son?, ¿qué hacen?, ¿de dónde vienen?, ¿a qué se dedican? Cualquier respuesta a estos y otros interrogantes podría caer en generalizaciones que suelen resultar injustas para algunes y demasiado justas para otres.

Puedo responderlos hablando de mis compañeres, quienes cada día reivindican con acciones concretas a la política. Con militancia genuina y cargada de sueños y convicciones. Que son capaces de movilizarse hasta las lágrimas cuando la injusticia se hace real en la vida de una familia. Que pasan gran parte de sus días pensando cómo mejorar aunque sea un poco la vida de alguien que saben que la está pasando mal. Puedo hablar de esas personas que, por ejemplo, pasan un fin de semana pintándole la casa a una vecina, o sus tardes ayudando a les pibes a hacer deberes, organizando la solidaridad y poniendo un mango cuando pueden para que todes puedan tener un abrigo y que en ninguna casa falte el plato de comida.

Y pensando en elles puedo decirles que estoy convencida de que no existe eso que llaman “clase política”. No hay un grupo de personas que constituya una clase aparte, “los políticos” no vienen de otro lugar, no son extraños a la sociedad en la que vivimos.   Sí existen personas que pertenecen a clases sociales distintas, con historias de vida particulares, que garantizan sus condiciones de vida de distintas formas, y algunas de esas personas deciden hacer política, algunas de esas personas llegan a ocupar lugares en espacios de representación política.

Revisando nuestra historia reciente, podemos comprender muy bien lo que sucede cuando, haciendo un uso especulativo de la política, llega a esos lugares una elite acomodada cuyos intereses, me atrevo a afirmar, poco tienen que ver con los de la mayoría del pueblo. Empobrecimiento, ajuste, achicamiento del Estado, violencia, estigmatización, criminalización, muerte, incertidumbre, depresión, desesperanza.

No soy original si me pregunto cómo estaríamos viviendo esta situación si el virus hubiera llegado a nuestro país hace apenas unos meses atrás, ¿se imaginan?

Por eso no nos equivoquemos. No es la política la culpable de los problemas que atravesamos. Como dijo esta tarde nuestro presidente, el problema está en esas pocas personas que creen que hay gente que sobra, que hay personas descartables que pueden usar cuando sirven a sus intereses y deshacerse de ellas después, que priorizan la economía, su economía, por sobre la vida. Personas para las que la política es, en ocasiones, solo una herramienta más, secundaria.

No nos equivoquemos. Es la política la herramienta que ayer, hoy y siempre nos va a permitir construir una sociedad distinta, con igualdad y justicia social. Son las decisiones políticas encarnadas en personas que tienen y asumen la responsabilidad de trabajar todos los días para eso las que nos van a permitir pensar y hacer realidad en una Patria para todes. Es a través de la organización política de una comunidad que fortalece sus lazos de solidaridad con la conciencia de que NADIE SE SALVA SOLO/A/E que vamos a superar esta y otras situaciones difíciles.