El caso de Pity Alvarez reúne la fascinación de la estrella de rock con el deslumbramiento del lumpen.

El rockstar tiene, como fetiche de una sociedad que lo encumbra y lo adora, la impunidad que deriva de la admiración y el blindaje que le da el mercado: mientras Pity Alvarez rinda en entradas, cedés o puntos de rating en los programas de la tarde, se lo tolera. Vuelto mercancía, hay que sacarle rédito como si se tratara de una fábrica de música y escándalos que, averiada en alguna cadena de producción y montaje, todavía puede seguir echando al mundo nuevos artículos, una canción, un recital, una imagen, que se medirán en plata y visualizaciones de Youtube.

Nada nuevo en cuanto al universo rockero, nada que no hayamos visto.

Pero como dijimos, en este caso hay un cruce con lo lumpen, y esto sí es, más allá del universo autónomo que constituye, una novedad.

Pity vive en Lugano, se escapa por la colectora Dellepiane, lo persigue la Bonaerense, arroja en una alcantarilla, sumidero de sueños perdidos detrás de la General Paz, la misma arma con la que disparaba a las palomas que merodeaban su ventana, y abolla a patadas la puerta de su casa, cuando supone que la van a invadir.

No solo escupe llamas en un recital, sino que abofetea a sus fans, rompe celulares, encierra mujeres después de pegarles y amenaza con armas de fuego hasta llegar a matar, sino que además, el resto de los mortales lo ve como un ícono de la transgresión, que ahora le suma a su homicidio una fuga que incluye parar en un boliche, casi como se tratara de un Butch Cassidy del Conurbano.

Como siempre describimos por aquí, la cultura lumpen se apropió de nosotros hace mucho, y se ensalza, estetizada en piercings, gorritas, tatuajes, cortes de pelo y un caminar peligroso con los deditos índice y pulgar para abajo, como si se fuera a tirar un tiro o un pasito de hip hop, a través de los medios. La fascinación por ser alguien que en realidad está más abajo en la escala social, llama a la puerta de ciudadanos medios, que ven en ese mundo peligroso, amenazante y border una épica que los sacará de la condena de ser hombres y mujeres grises. Una épica, una ética y una estética.

La tolerancia que se ha tenido con Pity, tanto para castigarlo como para asistirlo, habla más de esa sociedad que del cantante, que se fascina con un estilo camorrero y maltratador, un código que suponen “villero”, y que aquí se potencia con los oropeles de la fama.

Alguna vez hicimos por este muro el recordatorio de las jóvenes asesinadas y violadas en entornos lúmpenes, que pertenecían a familias bastante más acomodadas, pero a las que el cruce con la droga como cultura, o el machito alfa peligroso y líder de la manada, las depositó allí.

Lo que vemos en Pity Alvarez y en la sociedad que lo encumbra y lo deshecha, es la renuncia a la movilidad social, al ascenso. El imaginario de ser un profesional, un comerciante, de aspirar a conformar una sólida clase media, se reemplaza, así, por la aspiración hacia lo bajo, lo carnavalesco, lo inferior, visto como una máscara seductora, que, por portarla, vuelve presuntamente peligroso al que la lleva. Antes, la salida de una vida burguesa ocurría por la autopista del hippismo, de la música, incluso de algún orientalismo religioso leve. De allí se persistía hasta ser o se mantenían algunos clichés como marca superficial de identidad, hasta volver a las riendas cortas de la vida normal y burguesa. Hoy, tan fascinante es la ética, la épica y la estética lumpen, que incluso hay personajes de clase media que la tienen como un arenero al que de vez en cuando van a ensuciarse un poco.

Hay que recrear las condiciones de una cultura que aspire, previsible y “aburridamente” hacia arriba, en la que un Pity Alvarez pueda verse a sí mismo en la cima de la consagración musical y elija, o bien ponerse una ferretería, o bien mantenerse como un producto musical predecible, o bien indagar cuántas dimensiones artísticas más pueda transitar, pero nunca convertirse en un cliché peligroso, tanto que hoy ha tenido que ratificar con una muerte, esa identidad que eligió llevar tan a flor de piel por las imposiciones del mercado, como tan adentro de su alma, por los desgarros de su propia vida.

En Pity estamos todos, así que uno puede reírse de la caricatura que los medios trazan por estas horas, pero apiadarse un poco y pensar, que es apiadarse y pensar en nosotros mismos.