La cultura se ha encargado históricamente de desvalorizar a las mujeres, legitimando prácticas sobre sus cuerpas y concibiendo a las mismas como un objeto a propiedad y servicio del hombre, configurando así postulados que circulan en una sociedad que los naturaliza. Ante esto, surge la pregunta sobre cómo deconstruir ese andamiaje cultural, como corromper esos conceptos que circulan en torno a la mujer, en otras palabras; como promover los cambios culturales para la conformación de una sociedad más justa e igualitaria.

A lo largo de los años se han dado cambios a nivel político en relación a la implementación de nuevas reglamentaciones en pos de cubrir derechos relegados a la mujer, y esto no sólo se debe a la presencia de un Estado, que es de suma importancia, sino también, en gran parte, a las luchas y demandas que el movimiento feminista ha llevado a lo largo de la historia y que se convirtieron en el punta pie inicial de las políticas conseguidas en materia de género.

Desde los años 60 y 70 -antes también- la mujer comenzaba a desafiar y cuestionar las estructuras machistas y patriarcales saliendo del ámbito privado de sus hogares para sumergirse en la lucha política y social por sus derechos, conquistando el espacio público y dejando atrás todos esos estereotipos que la confinaban a las tareas de la casa. Luego, la dictadura y las políticas neoliberales fueron alentando un retroceso en la lucha feminista socavando los derechos que el movimiento iba ejerciendo y forjando una relación más profunda con las instituciones eclesiásticas que motivaban el estancamiento de todo lo relacionado al género, y con ello, al ascenso de la femina.

La planificación de normas como la ley de cupos y la reforma constitucional de 1994 buscaron una plena igualdad entre hombres y mujeres e intentaron abrirle espacio. Con este mismo objetivo, el año 2003 dio inicio a un nuevo paradigma ya que trajo consigo una nueva etapa para la mujer al asumir la presidencia Néstor Kirchner donde el Estado, luego de fuertes crisis, se hizo presente formulando numerosas políticas de inclusión social. Tal es así que para la trabajadora social Marcela Pantoja Asencio, en esta nueva era “el Estado se hizo presente formulando numerosas políticas inclusivas donde la ampliación de derechos y la cuestión de género tuvieron un lugar central“.

De este modo, el análisis de Pantoja Asencio da muestras de los avances en materia de género específicamente de planes vinculados a la violencia de género como el programa de Las Víctimas contra la violencia del ministerio de justicia, creado en 2006, que tuvo como objetivo prioritario la necesidad de reformular un protocolo de acción que evitara el interrogatorio policial en los casos de abuso sexual, dado que un alto índice de mujeres abandonaba la denuncia por lo tormentoso que resultaba el contacto con la policía.

aborto legal

aborto legal

En consonancia, entró en funcionamiento la Oficina para la Violencia Doméstica (OVD) de la corte suprema de justicia de la Nación y, en el año 2008 un grupo reducido de 20 diputadas avalaron la presentación de una ley de despenalización y legalización del aborto. Hoy, diez años después, esta lucha
continúa y la cultura machista sigue ejerciendo poder sobre nuestras cuerpas provocando la muerte de miles de mujeres mediante abortos clandestinos, ya que la penalización del aborto no elimina su práctica sino que la hace clandestina y es en esa clandestinidad que morimos.

Por tanto, debemos comprender la necesidad de la pronta despenalización y legalización del aborto como un paso a la liberación de nuestras cuerpas. También tenemos que ser conscientes de la importancia de abrir debate para dar cuenta como la penalización del aborto supone un gran peligro en la
vida y salud de las mujeres. Asimismo, el derecho al aborto representa una causa justa y de derechos humanos de las mujeres, como una política de salud y justicia social.

Por otro lado, en el año 2009 se presentó otro avance significativo que fue la sanción de la ley 26485 de protección integral para prevenir y erradicar la violencia contra las mujeres, que en 2010 fue reglamentada.

En este sentido surge la gran pregunta sobre si los derechos conquistados en materia jurídica traen aparejada una ruptura con las prácticas cotidianas acerca de la mujer. Podemos dar cuenta de que si bien los cambios en las normativas jurídicas son muy importantes y por de más necesarios para la transformación de las prácticas sociales, lo cierto es que esos cambios no vienen dados a priori de estas reglamentaciones jurídicas porque se requiere para ello de cuestiones culturales más profundas que la lucha por las leyes, entonces me repregunto:

¿Cómo hacemos para disminuir la brecha entre los avances políticos y las prácticas cotidianas?

¿Libre o Valiente?

¿Libre o Valiente?

Sabemos que la construcción social vigente respecto a la mujer entreteje un relato que no hace más que arraigar la idea de mujer-objeto y hombre-poseedor reproduciendo así las prácticas de un sistema patriarcal imperante en la sociedad. Entonces, es en este sentido, que los medios de comunicación juegan un rol fundamental en las formas de decir, de nombrar, en la disputa por el lenguaje, teniendo en cuenta el carácter de los medios como productores y reproductores de sentidos sociales que impactan sobre una sociedad que, en su mayoria, los reproduce. El lenguaje, es una de las grandes herramientas para llevar adelante la llamada “batalla cultural”, es el punto de partida desde donde poder hilar proyectos emancipatorios, es la vía para la deconstrucción de las prácticas machistas y patriarcales y para la construcción de una sociedad más justa y con perspectiva de género.

Resulta también, por demás interesante, hacer énfasis en el lenguaje como herramienta para la creación de una sociedad más igualitaria ya que es a través de éste que aprendemos a nombrar el mundo en función de los valores construidos a nivel social por lo que dependiendo de cómo se use puede llevar a la creación de estigmas, estereotipos, etc.

Intervenir desde el lenguaje que utilizamos nos da lugar a la apertura de nuevas transformaciones en la construcción social de las formas de decir y de nombrar, para evitar que los estereotipos y prejuicios se naturalicen y perpetúen.

A pesar de los cambios y la implementación de nuevas normas que buscan empoderar a la femina, los medios de comunicación crean discursos que retratan a la mujer en subordinación al hombre opacando la posibilidad de reconocerla bajo las nuevas políticas. En esta línea, la Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual llegaba en busca de la creación de contenidos con perspectiva de género para una comunicación más justa y de derechos; y digo ̈llegaba ̈ porque al asumir el actual gobierno esta ley como representación democrática de todas las voces, fue desactivada mediante un decreto de necesidad y urgencia.

Igualmente, en la actualidad se construyen discursos sociales que tienden a orientarse a aconsejar a las mujeres sobre cómo prevenir situaciones de violencia machista, y esa es una forma de legitimar dicha violencia, es una forma de afirmar que va a seguir sucediendo, que no tiene solución y permite que esa cultura patriarcal se siga apoderando de todas, que siga funcionando con impunidad y en desmedro de nuestras libertades sobre las que recaen todos los prejuicios.

La lucha feminista nunca ha sido fácil y en la actualidad nos plantea la necesidad de poner en tensión continuamente los discursos que circulan en torno a la mujer, discursos asentados en lógicas patriarcales que no hacen más que convertir a la mujer en objeto, que tiene dueño y que su dueño puede hacer con ella lo que desee.

Debemos dar batalla para desarraigar esas formas de nombrarnos, de concebirnos, debemos utilizar el lenguaje como la herramienta para la transformación cultural. Y si bien los tiempos cambiaron y las mujeres ya no se conforman con la idea que se sostiene de ellas esto parece crear una fuerte reacción de quienes no soportan la pérdida de sus privilegios, y acá sigue la lucha.
Debemos dar batalla. Siempre.