1° de Septiembre. Aún era de día cuando la Plaza Central de nuestra ciudad comenzó a vestirse con banderas que se preguntaban ¿Dónde está Santiago Maldonado? y exigían “Aparición con vida ya” haciendo explícita la responsabilidad de la Gendarmería, el Gobierno y el Estado en su desaparición forzada aquel 1° de Agosto en Cushamen, provincia de Chubut. De a poco, jóvenes, niñxs y adultxs, se acercaban con sus velas y carteles que mostraban el rostro de Santiago, con su mirada llena de fuerza, de vida, de lucha, y compartían mates y charlas mientras artistas locales preparaban sus instrumentos para acompañar con sus canciones ese encuentro.

La necesidad de alzar nuestras voces y unirlas en un solo grito se sentía en nuestros cuerpos, en nuestros corazones atravesados por el dolor, por la ausencia, por una sensación de vacío. Porque hace un mes que nos falta Santiago. Aunque, al mismo tiempo, sabíamos, estábamos segurxs, él estaba ahí, PRESENTE.

La incertidumbre, la angustia, el sentimiento de desprotección, el temor, también. Por el presente y por el futuro. ¿Dónde está Santiago?, claro, ¿Qué pasó con él? pero, a su vez, ¿Qué está pasando en nuestro país?, ¿Qué nos pasará?, ¿Hasta dónde llegaremos? eran preguntas que cruzaban por nuestras mentes y que a muchxs de lxs presentes nos remontaban a épocas pasadas, a aquellas a las que no queríamos ni queremos volver NUNCA MÁS.

En cada mirada intercambiada, en cada palabra compartida, en cada abrazo se hacía explícita la convicción de que ese era nuestro lugar, de que ahí debíamos estar, de que el silencio no debía ser nuestra opción, de que ese miedo no puede paralizarnos y de que las calles deben ser nuestras, deben ser resistencia y movilización popular, deben representar nuestro compromiso con nuestra historia, con la memoria colectiva.

Y en ese marco se escucharon las primeras canciones. “Los amigos del barrio pueden desaparecer”, se escuchó. “Los que están en la calle pueden desaparecer en la calle”, luego. El nudo en la garganta fue inevitable, ese que parece que no te deja respirar y que llena nuestros ojos de lágrimas, el mismo que aparece ahora mientras escribo estas palabras.

Porque nos duele y nos da bronca. Porque en Santiago vemos la injusticia, la pérdida de derechos, vemos un Estado que nos persigue, nos estigmatiza, nos desaparece, que busca, a través del miedo, disciplinarnos, callarnos, desorganizarnos. Y vemos también a los 30.000, a las Madres y Abuelas, recordamos la historia de nuestrxs viejxs que hoy no saben dónde están sus compañerxs del colegio desaparecidxs, vemos a nuestrxs compañerxs de militancia y a tantxs jóvenes comprometidxs con causas justas, que sueñan con una sociedad distinta, vemos el profundo dolor de una familia que hoy no puede abrazar a uno de los suyos, que todos los días espera que aparezca con vida, como se lo llevaron.

“Suelta muchacho tus pensamientos, como anda suelto el viento. Sos la esperanza y la voz que vendrá a florecer en la nueva tierra”, cantan con sus guitarras y sus bombos, mientras quienes estábamos allí, rodeando a lxs artistas. acompañandolxs con palmas y sosteniendo con fuerza la foto de Santiago, nos acercábamos, lentamente, impulsadxs, creo, por la necesidad de sentirnos más unidxs, más juntxs, de darnos fuerza, de decirnos, con el cuerpo, con una mirada, ¡no estás solx! ¡no bajemos los brazos!

Una última canción dirá “Soy del Sol y de esta Tierra, madre eterna de mi raza, soy semilla de esperanza, río arriba, mi nostalgia. Encontré mi identidad en un acento lejano, en cada muerto que luchó por la Libertad” y así, con todas esas sensaciones atravesándonos, haciéndose carne en cada unx de nosotrxs, llegó el momento de marchar. Mientras algunxs preparaban las banderas que encabezarían nuestro caminar, otrxs encendíamos nuestras velas y colocábamos en alto nuestros carteles.

Con paso lento pero fuerte, recorrimos algunas calles del centro de la ciudad hasta volver al punto de partida, esa explanada y ese Municipio que fueron testigos de lo sucedido y donde una foto final con Santiago como protagonista cerró la jornada, con la certeza de que allí no termina nuestra lucha y de que en ese camino volveríamos a encontrarnos.