El amor es un acto de valentía, nunca de temor; el amor es compromiso con los hombres… La educación es un acto de amor, por tanto, un acto de valor.”  

Como maestra amo lo que hago, amo la profesión que elegí, amo lo que me gusta hacer en la vida; puedo hablar de amor porque es lo que siento el lugar donde pongo pasión por lo que hago, donde día a día tengo la satisfacción de saber que estoy en el lugar que elegí  como parte de mi proyecto de vida, en el que asumo un contrato con personas que también eligen estar ahí. Ese contrato implica respeto, responsabilidad, compromiso y también pasión.

No estudié por vocación, era algo ajeno  a mí cuando comencé mi carrera, sin embargo encontré mi lugar en el mundo, encontré compañeros más comprometidos y otros no tanto pero con algo común, compartimos nuestra profesión, compartimos un trabajo que, con variantes, básicamente es lo mismo: somos trabajadores  en relación de dependencia, porque tenemos un patrón que es el Estado, un patrón que está sujeto a los vaivenes de la política, una relación con cierta tensión intensa, donde los reclamos de nuestro sector siempre han existido, reclamos que no solo atañen nuestros sueldos, sino a infraestructura, obras sociales… inversión prioritaria en educación, reclamos siempre presentes y no atendidos.

Como maestra sé que socialmente la mirada que se tiene sobre nuestro quehacer cotidiano está desvirtuado: somos la segunda mamá, somos la vocación hecha persona, somos muchas cosas parece. Sin embargo, a la sociedad le cuesta vernos como trabajadores, como si amar lo que hacemos implicara la aceptación de un rol pasivo, esclavo de los vaivenes políticos de nuestro país y nuestra constitución como sujetos neutros en lo que respecta a lo que pasa en nuestro país. Pero no es así. Somos sujetos políticos, como cualquier persona, y asumir ese rol es lo complicado. Quién no recuerda ese “no se habla de política en la escuela” que siempre sonaba, o un “los maestros no debemos meternos en política”.

Algunos han aceptado ese rol pasivo, sometidos. Pero hay otros que no se someten y luchan.

Cada uno elige el lugar donde quiere estar… pero hay algo que debemos entender: cómo vamos a enseñar a nuestros alumnos que deben luchar por sus derechos, si nosotros como maestros no somos capaces de luchar por los nuestros; ¿qué clase de respeto queremos?, ¿queremos ser respetados por nuestras luchas y logros?, o queremos ser ejemplo para que asuman esa indiferencia insensible a lo que sucede a su alrededor. Ciego, sordo y mudo a lo que sucede, a esa realidad dura y dolorosa en la que estamos sumergidos.

A lo largo de la historia del capitalismo, ha existido el conflicto entre quienes detentan el  poder económico y los trabajadores. Actualmente vemos que, mientras que en otros gobiernos el poder estatal se encontraba en manos de la Política hoy está en manos de la Economía, del sector Financiero y Empresarial. La mirada del gobierno está impregnada por él.

Nuestra paritaria se da en un clima de época donde se demoniza al sindicalismo, asistimos a campañas sucias que intentan manchar la reputación de las personas y sindicatos, centralizando la mirada en alguien para distraer, para que sea más fácil aplicar el ajuste que se necesita.  Sin embargo, si bien uno puede adherir o no a algunos sindicalistas, no podemos discutir el papel del sindicato en estos conflictos respecto no sólo al salario sino también a la inversión en el área educativa de la provincia, creer que solo acaba ahí es estar equivocado.

En este marco, la discusión entre el  Frente Gremial,  en representación de todos los docentes de la provincia de Buenos Aires, y los representantes del gobierno de la Alianza Cambiemos sobre nuestra paritaria se da un clima de hostilidad desde el poder hacia el trabajador, donde quienes estamos en el llano asistimos a un espectáculo dantesco: amenazas, desprestigio, armado de listas negras, descalificación de nuestro trabajo, ofertas paupérrimas que parecen un chiste de mal gusto.

Por todo ello, participar es importante.

Quienes trabajamos con grupos de personas, ya sean chicos o grandes, sabemos que el grado de participación de cada uno hace a la dinámica del mismo, a la relación entre sus miembros, a los valores y principios sobre los que se asienta. Como maestra sé que ese grupo se fortalece en función de la interacción que hay entre quienes lo conforman, de ese tejido que se va construyendo momento a momento. Y los maestros somos parte de esa red, somos hilos que se enlazan a otros en esa trama que es la comunidad en la que vivimos, y que, a su vez,  se entrama con otras componiendo otra red más grande que es la sociedad argentina.

Hoy como maestros nos toca estar juntos, codo a codo, con nuestras comunidades, defender nuestro trabajo, defender nuestro derecho y, sobre todo, defender nuestra dignidad.