“Hace ahora cien años que las drogas se prohibieron por primera vez.
En todo este siglo de guerra contra las drogas, nuestros profesores y gobiernos nos han contado una historia sobre la adicción.
Esta historia está tan arraigada en nuestra mente que ya la damos por hecho.
Parece algo obvio. Parece manifiestamente cierto (…)
Hay una historia diferente a punto de ser contada, si es que estamos dispuestos a escucharla…” Johann Hari

Desde que los consumos de sustancias comenzaron a concebirse como una problemática social, hacia fines del siglo XIX y principios del siglo XX, del cual, por consecuencia, debían ocuparse los poderes públicos a través de la elaboración e implementación de políticas sociales, ciertos modelos o paradigmas se constituyeron como hegemónicos al momento de explicarlos y proponer soluciones: el paradigma punitivo, que concibe al consumo de drogas como un delito y a los sujetos como delincuentes peligrosos que deben ser castigados a través del encierro en cárceles; y el paradigma médico-sanitario, que lo concibe como una enfermedad y a los sujetos como enfermos, adictos que deben acceder a un tratamiento para curarse, fundamentalmente en centros de rehabilitación.

Estas concepciones, vigentes en la actualidad, han sido internalizadas socialmente, están en nuestro sentido común, en nuestra subjetividad, han sido transmitidas y se han expresado o materializado en mitos, prejuicios, estereotipos y propuestas de intervención ¿Qué significa esto?

Cuando pensamos en los consumos problemáticos seguramente aparecen en nuestra mente imágenes, ideas, palabras, conceptos, soluciones que probablemente respondan a esas construcciones sociales: que todo consumo de sustancias, principalmente de sustancias ilegales, constituye una adicción; que se trata de un problema exclusivo de lxs jóvenes, particularmente de lxs jóvenes de sectores populares; en relación a ello, que los consumos se asocian directamente a la delincuencia; que la causa de las denominadas adicciones son, justamente, las drogas (y nuevamente, droga como sinónimo de sustancia prohibida) y que, por tanto, la solución es, por un lado, promover el abstencionismo a través del aislamiento y, por otro lado, prohibirlas, erradicarlas, combatirlas, “hacerles la guerra”.

En este marco, y lejos de proponer verdades absolutas o respuestas acabadas, entiendo que se vuelve fundamental generar problematizaciones a partir del planteo de disparadores, interrogantes y aproximaciones que nos permitan desnaturalizarlas, romper con nuestras estructuras y construir un pensamiento crítico superador y transformador de la realidad. Entonces:

¿el consumo es sólo una cuestión de lxs jóvenes?; si la causa de los consumos problemáticos son las “drogas”, ¿cómo pensamos a los consumos de otros objetos o comportamientos, como la comida, la ropa, las nuevas tecnologías, el juego?; si la solución es la abstención y la prohibición, ¿se pueden prohibir, en nuestra sociedad, todos los objetos de consumo?

Al respecto, es necesario considerar que vivimos en una sociedad de consumo, en la que todo es una mercancía que se compra y se vende,  en el que todxs somos consumidores, en la que se ha construido e internalizado una cultura de deseos que sobrepasan las necesidades (alimentación, vestimenta, transporte), una sociedad en la que se nos persuade, a través de distintos medios y mecanismos, para que consumamos cada vez más a partir de la idea que cuanto más bienes y servicios consumimos mejor será nuestra vida, es decir, que constituye al consumo como garantía de felicidad, éxito y/o bienestar.

En este contexto, el consumo en sí mismo se constituye como un problema, ya que construimos nuestros proyectos de vida, nuestra búsqueda de bienestar, nuestra identidad, nuestra pertenencia en función y en torno a ese consumo. El problema, entonces, no está en la sustancia u objeto de consumo, como se pensó históricamente, sino en la sociedad y en esta forma particular de relacionarnos con los objetos de consumo, ya sean sustancias, legales o ilegales, como también otros objetos que, desde el sentido común, no concebimos como “drogas” (como se mencionó, la comida, la ropa, el juego, las tecnologías, el trabajo).

Ante este panorama, cabe preguntarnos ¿qué hacer?, ¿cómo intervenir?, ¿cómo pensar la prevención y asistencia de los consumos problemáticos? Y en primer lugar es necesario tener en cuenta que no hay soluciones mágicas, no hay recetas con pasos a seguir que nos garanticen el éxito de nuestras intervenciones, pero sí algunos elementos que fundamenten nuestra mirada y, en consecuencia, nuestras prácticas. En este sentido, si ponemos el eje ya no en la sustancia u objeto de consumo sino en el sujeto, en tanto sujeto con historia, que desarrolla su vida cotidiana en comunidad, participando en distintos ámbitos (la familia, la escuela, el trabajo, el centro de salud, el club, la iglesia) y relacionándose permanentemente y de manera particular con esos distintos objetos de consumo, el compromiso y el desafío será generar espacios de encuentro, participación y construcción colectiva con los distintos actores sociales presentes en nuestra comunidad, construir acciones, a partir de la articulación entre las instituciones, las familias, el barrio, que apunten al acompañamiento en la construcción y desarrollo de proyectos de vida a partir del acceso efectivo a sus derechos, fomentando procesos de inclusión y fortalecimiento de lazos sociales.